Feniosky Peña-Mora: «A la nueva generación de ingenieros no solo le interesa lo que hace, sino también por qué lo hace y qué sentido tiene»

Entrevistamos a una de las voces más autorizadas del mundo en materia de infraestructuras resilientes, antiguo profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York y actual decano de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey en México.

En un mundo donde lo imprevisible se ha convertido en la norma, las infraestructuras resilientes están llamadas a ser una piedra angular de la construcción global en el futuro más inmediato. Se trata de puentes, carreteras y edificios capaces de soportar fenómenos meteorológicos extremos, regenerar entornos y, al mismo tiempo, fomentar nuevos espacios para la comunicación y la interacción social. El profesor Feniosky Peña-Mora, con quien mantuvimos esta conversación, está considerado una referencia indiscutible en este campo.

 

Esta entrevista es especialmente relevante no solo por su dilatada trayectoria académica, que incluye la dirección de laboratorios en el MIT, la docencia en la Universidad de Columbia en Nueva York y su cargo actual como decano nacional de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey, o por su histórico nombramiento como el primer presidente latino de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles (ASCE). También lo es por su experiencia práctica en la planificación y ejecución de infraestructuras resilientes. Tras la devastación provocada por el huracán Sandy en 2012, ocupó el cargo de comisionado del Departamento de Diseño y Construcción de la Ciudad de Nueva York. Toda esta trayectoria se desarrolló en paralelo a su periplo como migrante que llegó a Estados Unidos desde la República Dominicana a finales del siglo XX.

 

Conversar con él nos ha permitido entender mejor el presente y el futuro de estas construcciones, su impacto social y su relación con el medio ambiente. Además, nos ha brindado valiosas reflexiones para orientar a la próxima generación de ingenieros encargada de construirlas.

Usted creció en la República Dominicana y después emigró a Estados Unidos. ¿Cómo marcó esa vivencia su camino profesional y su visión de lo que debe ser una infraestructura justa y resiliente?

 

Creo que mi historia como migrante en Estados Unidos refleja la de muchos otros migrantes. Vine aquí con el interés de seguir aprendiendo; eso siempre ha sido mi motor: cuánto puedo aprender y cuánto puedo aportar. Tuve la oportunidad de ir al MIT y cursar allí mi máster y mi doctorado.

 

Aquello reforzó en mí la convicción de que la resiliencia no tiene que ver únicamente con la resistencia física de una carretera, un puente, una presa o un edificio frente a un desastre. Asentó la visión de que, en última instancia, toda esta infraestructura, todos estos edificios se construyen con un propósito, para cumplir una función: ya sea para albergar viviendas, proporcionar espacios para laboratorios, impartir justicia o comunicar territorios. Y a veces se nos olvida que esa función resulta crucial, en particular durante una catástrofe y en sus secuelas.

Al hablar de infraestructura sostenible, no solo debemos pensar en lo físico, sino también en la comunidad y en la función que cumple esa infraestructura, para todo el mundo y no unos pocos privilegiados.

Por tanto, refuerza la idea de que, al hablar de infraestructura sostenible, no solo debemos pensar en lo físico, sino también en la comunidad y en la función que cumple esa infraestructura, y en cómo esa función sirve a todo el mundo y no a unos pocos privilegiados. Esto introduce de lleno la cuestión de la equidad. Así aunó resiliencia, sostenibilidad y equidad.

 

Ya ha respondido en parte a qué significa para usted una infraestructura resiliente, pero ¿cuál ha sido su evolución en las últimas décadas? ¿Podría ofrecernos una panorámica general, sobre todo en estos últimos años de crisis global, incertidumbre y cambio climático?

 

Creo que es interesante, porque se ha dedicado mucho esfuerzo a lograr un equilibrio al hablar de infraestructuras. Al principio, si nos remontamos al origen de los tiempos, el concepto de reforzar algo estaba íntimamente ligado a la resiliencia: qué solidez puede tener para aguantar un desastre, de qué maneras elevar el factor de seguridad de una infraestructura, edificio o edificación para garantizar que pueda resistir.

 

Después se produjo una evolución: ¿cómo hacemos esto de manera que los recursos que se utilicen tengan en cuenta el efecto que causarán no solo en la población actual, sino también en las generaciones futuras? ¿Cómo de bien estamos utilizando los recursos? ¿Con qué eficacia los empleamos para mantener esa función de resistencia o refuerzo? Y luego el concepto, como mencionaba, de si esto está al alcance de todos: ¿estamos protegiendo a unos pocos elegidos o estamos protegiendo a todo el mundo? El concepto ha evolucionado.

Las nuevas generaciones de ingenieros buscan conectar el concepto de resiliencia con el de sostenibilidad en términos de impacto en la sociedad, la naturaleza, el planeta y las personas.

En la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey también lo comprobamos en las inquietudes de las nuevas generaciones, de los ingenieros jóvenes, que no solo se interesan por lo que hacen, sino también por qué lo hacen y qué sentido tiene. Buscan conectar el concepto de resiliencia con el de sostenibilidad en términos del impacto que tiene en la sociedad, el impacto que tiene en la naturaleza, en nuestro planeta y el impacto que tiene en cada persona de forma individual; y cómo integrar todo esto sin aislarlo, sin fijarse únicamente en el puente en sí.

 

Porque eso está muy bien. Puedes diseñar un puente capaz de resistir. Puede costar una fortuna, pero aguantará toda clase de contingencias. Sin embargo, ¿qué pasa con las carreteras que conectan con ese puente? Es necesario protegerlas también, porque si tienes un puente sin carreteras que conduzcan a él, no podrá cumplir su función. Además, ¿cómo garantizamos que ese puente no sea un puente hacia ninguna parte? Que sea un puente que conecte realmente a las comunidades, permita el transporte de mercancías y pueda emplearse ante cualquier problema vinculado a la seguridad y protección de nuestros municipios o países.

 

Diría que lo que ha cambiado es la adopción de perspectivas más explícitas: la resiliencia va más allá de resistir. Radica en cumplir la función para la que fue proyectada y brindarla a todo el mundo empleando los recursos de la manera más idónea y eficiente posible.

 

¿Cuál sería la diferencia con respecto a una infraestructura sostenible? Es evidente que la infraestructura resiliente debe ser sostenible, pero ¿todas las infraestructuras sostenibles son resilientes?

Es una pregunta interesante, y lo es aún más porque introduce otro concepto: lo regenerativo. Me parece clave, y cada vez vemos con más claridad cómo incluir, dentro de la resiliencia y la sostenibilidad, el vínculo con la naturaleza. Por ejemplo, una de las iniciativas de las que me siento más orgulloso en mi etapa como comisionado en el Departamento de Diseño y Construcción de la Ciudad de Nueva York fueron los elementos que creamos para utilizar la propia naturaleza en la absorción del agua de lluvia. 

Podemos idear todos los sistemas posibles para canalizar el agua pluvial del punto A al punto B, de la ciudad al mar, o para tratarla o lo que queramos. Sin embargo, ¿cómo podemos aprovechar la naturaleza, los espacios que tenemos? ¿Cómo emplear pavimentos porosos para captar parte de ese caudal y lograr una mejor conexión con la naturaleza?

 

Cada vez tenemos más presente la idea de que la sostenibilidad no abarca solo el uso eficiente de los recursos, sino una mejor integración con los sistemas naturales y cómo hacerlo de un modo que proteja dichos sistemas naturales, al tiempo que eleva la sostenibilidad y la eficiencia del entorno construido. Ese concepto de lo regenerativo es muy importante, y creo que se tiene cada vez más en cuenta en muchas de las decisiones.

 

Lo comprobamos en muchos ámbitos distintos, como las cunetas de drenaje biológico (bioswales), o en los edificios donde intentamos incorporar más elementos vegetales, jardines verticales capaces de absorber parte del calor y regular mejor la temperatura interior para reducir el consumo energético.

 

Supone prácticamente volver a los orígenes, al tiempo en que gran parte de los diseños tenían en cuenta el entorno en el que nos encontrábamos porque no existían tantos sistemas artificiales que nos brindaran comodidad. Por ejemplo, cómo aprovechar la ventilación del edificio de manera que permita la ventilación natural. Nuevamente, esa es otra forma de enfocar las infraestructuras y las edificaciones regenerativas.

 

Nos gustaría profundizar en lo que comentó al principio sobre el huracán Sandy y su experiencia. En pocas palabras, ¿cuáles fueron las lecciones que aprendió de aquella vivencia?

 

De hecho, me encontraba en Nueva York cuando ocurrió y presenciar las consecuencias que tuvo, en particular en el bajo Manhattan, supuso sin duda un toque de atención. ¿Y por qué lo fue? Si a alguien se le pide pensar en ciudades costeras, no creo que Nueva York le venga a la cabeza de inmediato; muy probablemente pensará en Miami. Pero la ciudad de Nueva York, por todo lo que reúne y todo lo que representa, no recibe la consideración de ciudad costera así de primeras, aunque lo sea y todos lo sepamos. El Sandy supuso una llamada de atención sobre lo vulnerable que puede llegar a ser. 

El proceso de implicación ciudadana pensando en el futuro y en la multifuncionalidad de la infraestructura resulta fundamental.

Sin embargo, lo más relevante fue el esfuerzo que se hizo para reconstruir mediante un diseño que tuviese en cuenta no solo lo aprendido del Sandy, sino también lo que la comunidad consideraba prioritario. La serie de conversaciones, talleres y diferentes iniciativas que se emprendieron, financiadas por entidades de gran relevancia como la Fundación Rockefeller, sirvieron para replantear la situación: «¿Qué deberíamos hacer? ¿Cómo podemos no solo protegernos, sino diseñar un bien comunitario?». Ese proceso de implicación ciudadana pensando en el futuro y en la multifuncionalidad de la infraestructura resulta fundamental.

 

Si ya acometemos la inversión para levantar defensas, ¿por qué no aprovechar esa inversión para conectar a las comunidades con esos espacios, con esos activos recreativos? Me parece que son debates indispensables que deben darse en casi cualquier infraestructura y, de hecho, ya se están dando; muchos proyectos están adoptando ese modelo de trabajo.

 

Retomando esa visión a largo plazo, ¿se pueden proyectar infraestructuras resilientes pensando también en el presente?

 

Creo que existen argumentos sólidos y bien documentados para fundamentar con claridad la propuesta de valor en términos de costes, beneficios e impacto. Y pongo el acento en el impacto porque ahí radica la verdadera demostración de valor: «Esta inversión generará este impacto». Conviene plantearlo de modo que se aprecie el impacto en el presente, en el futuro y ante la eventualidad de un desastre. Si únicamente mostramos el impacto ante un hipotético desastre y no exponemos el impacto y el valor que aporta hoy mismo a la vida cotidiana, a la comunidad y al mañana, será mucho más difícil defenderlo.

 

Por esa razón aplaudo sin reservas todo el movimiento encaminado a integrar a la comunidad y concebir estas infraestructuras como bienes comunitarios: cómo sirven a la sociedad hoy y mañana, no solo ante una emergencia, de modo que los ciudadanos empiecen a palpar y disfrutar los beneficios y el valor desde el primer momento, con el añadido de esa protección frente a posibles contingencias.

 

¿Podría detallarnos algunos proyectos específicos de infraestructuras resilientes?

 

Me gustaría comenzar por el que mejor conozco: el proyecto East Side Coastal Resiliency (Resiliencia costera de la zona Este) en la ciudad de Nueva York, que integra plenamente todos estos principios y recupera un enfoque en el que insistimos mucho durante mi etapa allí: los principios rectores. Aquello sirvió de guía para proyectistas, ingenieros, constructoras y todos los agentes implicados: ¿para qué construimos esto?, ¿qué funciones queremos que proporcione?, ¿cuáles son esos objetivos esenciales que jamás debemos perder de vista?

 

Lo hemos visto en Singapur, en distintos proyectos como el proceso de regeneración de aguas de Changi, donde no solo analizan a fondo cómo aplicar este criterio, sino valerse de la tecnología, algo determinante, y cómo rentabilizar al máximo los recursos disponibles. Lo hemos presenciado en Houston, en distintos puntos de California o en Europa, como en los Países Bajos con el plan Room for the River (Espacio para el río).

 

Existen soluciones de ingeniería y existen soluciones basadas en la naturaleza; el verdadero acierto reside en integrarlas. Esto me remite, por ejemplo, a mi etapa como presidente en 2025 de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles, en la que debatimos cómo alcanzar la armonía entre los sistemas naturales y los proyectados por la ingeniería. 

El canal Fargo-Moorhead pone de manifiesto que las soluciones en las que se combinan naturaleza y sistemas de ingeniería constituyen la mejor vía de progreso.

A propósito de casos concretos, ¿ha oído hablar del canal de prevención contra inundaciones Fargo-Moorhead? ¿Qué valoración hace de él? ¿De qué forma cree que ilustra o encarna estos principios de resiliencia?

 

El proyecto Fargo-Moorhead me parece muy interesante porque reúne buena parte de los conceptos que venimos abordando a lo largo de esta conversación; deberíamos ver iniciativas de este tipo con mayor frecuencia. Es un proyecto que demuestra cómo lograr esa integración de forma muy eficaz y muy eficiente, aunando resiliencia y sostenibilidad. Fargo-Moorhead pone de manifiesto que las soluciones en las que se combinan naturaleza y sistemas de ingeniería constituyen la mejor vía de progreso, y pueden servir de ejemplo para otras obras.

Una infraestructura puede ser resiliente de muchas formas a la hora de transformar una comunidad. Uno de esos grandes proyectos en Brasil, por ejemplo, es la Línea 6 del metro de São Paulo, que comunica áreas periféricas desfavorecidas con el centro neurálgico. ¿Qué opinión le merece?

 

Lo considero primordial, en consonancia con lo que hablábamos antes sobre esa intersección cada vez mayor entre resiliencia, sostenibilidad, equidad y adaptabilidad. Diría que el principio de equidad desempeña un papel fundamental en este proyecto en São Paulo, donde hay comunidades que históricamente no se han beneficiado de las inversiones públicas en la medida en que les correspondía.

Otro punto que podría resultar interesante: hemos hablado del impacto de las infraestructuras una vez concluidas, pero volviendo a la Línea 6, contaban por ejemplo con una fábrica de dovelas integrada mayoritariamente por mujeres. ¿Considera viable aplicar la resiliencia no solo al resultado final, sino también al propio proceso constructivo?

 

Es interesante que mencione esto. En la ciudad de Nueva York pusimos en marcha una iniciativa, y Nueva York todavía la mantiene, que no solo concebía la inversión en infraestructuras en términos del resultado final, es decir, una infraestructura que brinde el servicio con fiabilidad incluso en escenarios catastróficos, sino en lograr que el propio proceso de diseño y construcción forje comunidades resilientes al brindarles la oportunidad de participar en él. 

En Nueva York, por ejemplo, existe un programa consolidado que incorpora a empresas de entornos desfavorecidos, personas con discapacidad o veteranos de guerra, comunidades que por cualquier circunstancia no siempre han formado parte del proceso. No creo que sea este el espacio para entrar en todos esos pormenores, pero abrirles estas oportunidades genera, en primer lugar, orgullo propio: ahora pueden decir «yo formé parte de la construcción de esa infraestructura».

 

En segundo lugar, se genera un sentido de pertenencia y el deseo de que la infraestructura prospere. De este modo, si surgen ciertos problemas en el barrio o medidas que los vecinos no estiman idóneas, se sentirán más capacitados para alzar la voz; al fin y al cabo, sienten que en cierto modo les pertenece, sienten ese orgullo y pueden asegurarse de que la infraestructura cumpla su cometido.

 

Facilitar esto requiere programas de aprendizaje profesional que integren a más mujeres y a personas que no hayan estado implicadas en esta clase de procesos. Y eso exige inversión: requiere inversiones en formación, en capacitación de mujeres y en acercamiento e implicación comunitaria. Si una comunidad nunca ha participado, desconoce cómo acceder a esas oportunidades; por consiguiente, hay que acercarse a ella para que se sienta, de entrada, bienvenida y, además, tenga la certidumbre de que puede tomar parte en ello.

 

En ACCIONA hay un gran interés por las nuevas generaciones, los nuevos ingenieros y el talento joven. Recordamos una cita suya en la que decía: «¿Quieres que te contraten para levantar un nuevo puente o para construir la ciudad del futuro?». ¿Cuál es su visión sobre la acogida de las infraestructuras resilientes por parte de las nuevas promociones de alumnos? ¿Cómo se les transmiten estos valores? ¿Cree que se sienten más atraídas por estos conceptos?

 

Lo que advierto en mis alumnos, y llevo en esta profesión más de treinta años, cerca de cuarenta, lo que me ha permitido ser testigo de ciertos cambios, es una transición del «qué» al «para qué». Es decir: hacemos esto, pero ¿qué sentido tiene?, ¿qué impacto produce? Se percibe un interés notablemente mayor por la repercusión real y por el valor de la aportación que van a hacer. Cuando hablo de levantar un puente o de construir una ciudad mejor, intento transmitir precisamente esa idea. 

Mis alumnos muestran un mayor interés en devolver a la sociedad parte de lo que han recibido, en que su trabajo signifique algo.

Compruebo que mis alumnos muestran un mayor interés en devolver a la sociedad parte de lo que han recibido, en que su trabajo signifique algo, en que su labor trascienda el mero hecho de permitir que alguien gane dinero. Es la constante que he apreciado en mi trayectoria docente en diferentes instituciones con distintos perfiles. Se trata de un cambio en los estudiantes muy de agradecer y que considero de inmenso valor.

 

¿Qué competencias necesitará un ingeniero dentro de diez o quince años? ¿Cómo debe prepararse para su futuro? ¿Cuál es su mensaje para las nuevas generaciones de ingenieros sobre la mentalidad idónea?

 

Podría ponerme a explicar todos los aspectos técnicos que deben asimilar, y creo que en las facultades hacemos un buen trabajo en lo que concierne a la mecánica, las estructuras y todas aquellas materias indispensables. Sin embargo, a mi juicio, lo más importante para nuestros ingenieros, hoy más que nunca, es salvaguardar la curiosidad a toda costa. 

La curiosidad constituirá el factor diferencial clave frente a las máquinas.

Deben mantener viva esa mentalidad curiosa que los empujó al principio a la ingeniería: entender por qué funcionan las cosas, cómo mejorarlas, de qué manera hacerlas realidad. Esa curiosidad constituirá el factor diferencial clave frente a las máquinas. La razón es evidente: una gran parte del trabajo tradicionalmente considerado técnico se facilitará mediante sistemas automatizados a los que bastará preguntar, si se sabe plantear la duda adecuada. Y eso conecta de lleno con la curiosidad: saber formular la pregunta correcta y qué clase de interrogantes plantear para obtener la respuesta.

 

El otro pilar consiste en aprender a aprender: asimilar un hábito, un enfoque y una forma de pensar que estén orientados al aprendizaje permanente. Al fin y al cabo, resulta indispensable entender el funcionamiento de las cosas, el impacto que tienen y cómo renovar continuamente los propios esquemas mentales para descifrar no solo la realidad presente, sino los escenarios futuros. Esa convergencia entre curiosidad y aprendizaje resulta crítica.

 

Por último, destacaría la comunicación. Se puede concebir la idea más brillante del mundo, pero si no se cuenta con nadie dispuesto a respaldarla, quedará en papel mojado. Ser capaz de comunicar y de estructurar la propuesta de valor de un planteamiento resulta determinante para convencer a quienes deben invertir en él.

 

En ese caso, destacaría esos tres factores. No son conocimientos que se adquieran en la ingeniería técnica tradicional. Confío plenamente en que en las escuelas de ingeniería se les enseñará lo necesario para levantar infraestructuras resilientes y sostenibles. El desafío de la equidad requerirá una reflexión más profunda, y la adaptabilidad exigirá la flexibilidad que otorgan la curiosidad, el aprendizaje permanente y la capacidad de comunicar.

David es periodista especializado en innovación. Desde sus primeros tiempos como analista de telefonía móvil hasta su faceta de Country Manager de Terraview, una startup de IA aplicada a viticultura, ha estado apegado a la innovación y las nuevas tecnologías.
 
Es colaborador de El Confidencial y en medios culturales como Frontera D y El Estado Mental, siempre desde la convicción de que lo humano y lo tecnológico pueden (y deben) ir de la mano.