Un geopolímero basado en moluscos convierte residuos alimentarios en material constructivo

La Universidad de Córdoba ha desarrollado un innovador pavimento basado en conchas de moluscos procedentes de la industria conservera.

Hay un lugar del mundo donde un templo construido con muros de moluscos saluda al océano. Se trata de la catedral de Cádiz y el material al que nos referimos es la piedra ostionera, empleada desde tiempos fenicios y puede que anteriores. Esta es una piedra sedimentaria formada por la arena y restos de conchas que se extraía de la bahía gaditana. Miles de años después, un laboratorio de otra ciudad andaluza, Córdoba para más señas, ha buscado también en los moluscos una respuesta para el desarrollo de nuevos materiales de construcción más sostenibles. Se trata de un nuevo tipo de pavimento que sustituye el cemento por conchas y residuos mineros. Te lo contamos en este artículo.    

El hormigón, tal como sucede con la piedra ostionera, es un material milenario de gran durabilidad. Basta con visitar el Panteón de Agripa en Roma, cuya colosal cúpula de opus caementicium sigue en pie tras dos milenios, para entender la durabilidad de los conglomerados minerales. Sin embargo, el hormigón moderno presenta un desafío ambiental ausente en la antigüedad. Su principal inconveniente reside en el cemento Portland, cuyo componente clave, el Clinker, requiere procesos de calcinación que generan una elevada huella de carbono. 

Por suerte, ya existen proyectos para sustituir este aglutinante por materiales alternativos en lo que se conoce como hormigón verde o de baja huella de carbono como el acometido por ACCIONA, precisamente en el puerto de Cádiz, que están reduciendo considerablemente las emisiones sin comprometer la integridad estructural.

 

La apuesta de la Universidad de Córdoba también va en esa línea: empezar a reutilizar biomasa y desechos industriales para conseguir un material de construcción más sostenible. El resultado recuerda a la piedra ostionera gaditana, aunque con un enfoque más científico, tal como atestigua el paper publicado en la revista Materials and Structures.

El equipo de la Universidad de Córdoba se ha decantado por lo que se conoce como geopolímeros. A diferencia del cemento Portland, que fragua mediante hidratación, los geopolímeros se forman a través de una reacción química entre un polvo reactivo y una solución activadora.

 

En este caso, la “receta” de este nuevo pavimento sostenible utiliza dos ingredientes clave que hasta ahora eran un dolor de cabeza para la gestión ambiental:

 

  1. Conchas de moluscos (bivalvos): la industria conservera y de la acuicultura genera toneladas de conchas que suelen acabar en vertederos. Estas conchas son ricas en carbonato cálcico. Al triturarlas, se convierten en un agregado que aporta la robustez necesaria al bloque.
  2. Residuos de actividades mineras: se utilizan subproductos ricos en silicio y aluminio procedentes de la minería. Al activarlos, actúan como el “pegamento” que une los fragmentos de concha, de forma que se crea una estructura sólida sin necesidad de las altas temperaturas del cemento tradicional.

Una de las grandes preguntas ante cualquier material experimental es su durabilidad. Según los ensayos realizados por los investigadores, estos bloques de pavimentación no solo son ecológicos, sino que cumplen con los estándares técnicos que exige el urbanismo moderno:

 

  • Resistencia mecánica: el material ha demostrado una capacidad de soporte de carga superior a la requerida para zonas peatonales y carriles bici.
  • Huella de carbono negativa: en términos netos, la fabricación de estos bloques emite una proporción mucho menor de gases de efecto invernadero, ya que se eliminan los procesos de calcinación de la caliza.
  • Drenaje y termicidad: al igual que la piedra ostionera original, estos bloques ofrecen una porosidad que permite una mejor gestión de la temperatura superficial, reduciendo el efecto de “isla de calor” en las ciudades densamente urbanizadas.

El proyecto de la Universidad de Córdoba no es la única iniciativa que ha echado mano de bivalvos para alcanzar una construcción más sostenible. La idea de darle un uso más “constructivo” a la concha de mejillón ya ha cristalizado en aplicaciones reales de edificación y ha superado así la fase de laboratorio. Un ejemplo destacado es la construcción de una vivienda experimental en la que se han utilizado bloques fabricados con concha de mejillón gallego. Este hito demuestra que dicho residuo es un sustituto viable de los áridos tradicionales en estructuras habitables.

Al integrar las valvas trituradas en la mezcla de morteros y hormigones, se evita la saturación de los vertederos y se aprovechan las propiedades biomecánicas del nácar.

Este avance responde a una lógica de eficiencia geográfica, especialmente en regiones costeras como Galicia, donde se generan anualmente unas 25.000 toneladas de este residuo. Al integrar estas valvas trituradas en la mezcla de morteros y hormigones, se evita la saturación de los vertederos y se aprovechan las propiedades biomecánicas del nácar. La vivienda construida con este material se beneficia de una mayor capacidad aislante y una ligereza estructural que los materiales convencionales no ofrecen.

Este avance es otro ejemplo de economía circular. En lugar de extraer materia prima virgen de la corteza terrestre, el sistema aprovecha lo que ya hemos consumido. España, siendo uno de los principales productores mundiales de mejillón y otros bivalvos, tiene en este proyecto una oportunidad única para industrializar la gestión de sus residuos marinos.

 

Además, el uso de residuos mineros locales refuerza la idea de la construcción de proximidad. No tiene sentido crear un material “verde” si los componentes deben viajar miles de kilómetros para ser ensamblados.

 

Es fascinante pensar que la solución a los retos climáticos del futuro pueda parecerse tanto a los materiales basados en moluscos que usaron nuestros antepasados hace milenios en la bahía de Cádiz. Eso sí, mientras que la piedra ostionera fue un regalo directo de la sedimentación natural, el nuevo pavimento de la Universidad de Córdoba es fruto de la biotecnología y la ingeniería de procesos.

 

Fuente:

David es periodista especializado en innovación. Desde sus primeros tiempos como analista de telefonía móvil hasta su faceta de Country Manager de Terraview, una startup de IA aplicada a viticultura, ha estado apegado a la innovación y las nuevas tecnologías.
 
Es colaborador de El Confidencial y en medios culturales como Frontera D y El Estado Mental, siempre desde la convicción de que lo humano y lo tecnológico pueden (y deben) ir de la mano.