Pintores románticos como Caspar Friederich utilizaban el paisaje como reflejo del estado de ánimo de sus protagonistas, como una extensión de su conciencia y sus emociones. Varios siglos después, un equipo de científicos ha recuperado en cierta forma esa idea para, por medio de la IA, determinar el ánimo de los grandes espacios del ser humano de nuestro tiempo: las ciudades.
Así, los investigadores de la Universidad de Missouri han desarrollado una tecnología que mapea el estado de ánimo de la ciudadanía en distintos barrios. Lo hace analizando imágenes geolocalizadas y textos de redes sociales. Posteriormente, aplican técnicas de análisis de sentimiento, tal como se conoce comúnmente este enfoque cuyos orígenes se remontan a los años noventa del siglo XX.
Este sistema, que combina inteligencia artificial de lenguaje y visión artificial, podría cambiar la forma en que se planifican las ciudades al ofrecer un mapa emocional que complemente los indicadores tradicionales de infraestructura y movilidad. ¿Estamos ante una herramienta capaz de mejorar el bienestar de las personas más allá de las métricas establecidas?
El método del equipo estadounidense, compuesto por el profesor de arquitectura Jayedi Aman y el profesor de geografía e ingeniería Tim Matisziw, parte de dos grandes bloques de análisis. En primer lugar, se recopilan publicaciones públicas en plataformas como Instagram que incluyen geolocalización: las imágenes y los comentarios vinculados se procesan mediante modelos de lenguaje que clasifican el sentimiento expresado, ya se trate de felicidad, calma, estrés u otros. Hasta ahí, el modelo no se aleja demasiado de las iniciativas existentes.
A continuación, llega el aspecto más innovador: valiéndose de imágenes de exteriores de la ciudad obtenidas de plataformas como Google Street View, el equipo aplica técnicas de visión artificial para extraer características del entorno urbano con una segunda herramienta de IA. Entre ellas se cuentan la vegetación, las infraestructuras peatonales, los muros, las vallas o la presencia de edificaciones. Es lo que se conoce en IA como un enfoque multimodal.
Los dos conjuntos de datos se correlacionan para producir lo que denominan un “mapa de sentimientos” que revela zonas concretas de la ciudad que registran estadísticamente niveles más altos o bajos de bienestar emocional. Por ejemplo, si un nuevo parque genera numerosas publicaciones clasificadas como “alegres”, se puede investigar qué elementos del entorno lo propician y replicarlos.
La creación de un gemelo digital urbano —una réplica en tiempo real donde también se visualice el estado emocional de la población— es una de las siguientes fases previstas por el equipo de la Universidad de Missouri.
Los desarrolladores de este mapa de sentimientos apuntan a que la tecnología podría complementar o incluso sustituir en muchos casos a las encuestas de toda la vida.
Aman y Matisziw indican que su tecnología puede abarcar diversas dimensiones de la planificación urbana. Así, puede emplearse para:
- Identificar zonas donde la ciudadanía manifiesta emociones negativas de forma recurrente, lo que puede indicar deficiencias en infraestructura, diseño o servicios.
- Evaluar el impacto de intervenciones urbanas como nuevos espacios verdes y remodelaciones peatonales con una medición anterior y posterior de los cambios en el sentimiento.
- Integrar los mapas de ánimo en sistemas de monitorización municipales, junto a variables como tráfico, calidad del aire o seguridad, lo que ofrece una visión más holística del entorno urbano.
Estos son, por supuesto, escenarios ideales. Luego, cuando bajamos al barro, aparecen las limitaciones prácticas: el procesamiento de lenguaje natural con IA suele ser incapaz de detectar la ironía en las expresiones humanas. De hecho, en redes sociales ni siquiera los seres humanos parecen capaces de hacerlo, con todo lo que ello implica.
Y luego está la cuestión de que el uso de datos de redes sociales introduce un sesgo hacia quienes publican en esas plataformas. No siempre los que más gritan son los más representativos. No son desdeñables tampoco factores como la privacidad y la ética en el uso de datos geolocalizados.
Además, aunque los resultados correlacionan ciertas características del entorno, tales como una mayor cantidad de vegetación o unas aceras amplias, con emociones positivas, no estamos ante relacionas causales unívocas; la relación puede depender también del contexto socioeconómico, temporal o cultural.
Por último, se encuentran los aspectos técnicos. Tal como señala un reciente artículo académico publicado en la revista Information Fusion, la eficacia de los sistemas multimodales puede verse afectada por la falta de bases de datos con etiquetados multimodales de calidad, desajustes entre las modalidades de texto, audio y vídeo, o el simple paso de una cultura a otra.
En esta página hemos hablado a menudo de la Smart City en la que confluyen redes eléctricas inteligentes, movilidad eléctrica, sistemas de sensorización avanzada por medio de dispositivos IoT o el uso de gemelos digitales urbanos. La idea detrás de todo ello es mejorar la eficiencia y la sostenibilidad urbanas y, en última instancia, el bienestar de las personas.
Sin embargo, hay un aspecto mucho más ambiguo que es la medición de la experiencia urbana y sus aspectos emocionales. El urbanismo, planteado de forma jerárquica y vertical, puede tener consecuencias indeseadas, por bienintencionado que sea. De ahí que iniciativas como la de la Universidad de Missouri constituyan una oportunidad para explorar esa dimensión esquiva.
Dicho esto, al final queda una pregunta más ontológica: quizá sea posible medir el sentimiento, pero está por ver si la felicidad humana, que ha sido el objeto primordial de la religión y la filosofía desde el comienzo de nuestra especie, pueda entrar en el campo de acción de los algoritmos.
Fuente:
David es periodista especializado en innovación. Desde sus primeros tiempos como analista de telefonía móvil hasta su faceta de Country Manager de Terraview, una startup de IA aplicada a viticultura, ha estado apegado a la innovación y las nuevas tecnologías.
Es colaborador de El Confidencial y en medios culturales como Frontera D y El Estado Mental, siempre desde la convicción de que lo humano y lo tecnológico pueden (y deben) ir de la mano.